Siempre fui un tío de sacar buenas notas. Bueno, en realidad no siempre. Tardé en descubrir 20 años que todo lo que me había esforzado en su día estudiando, de poco me iba a servir. Así que fue a partir de ese momento (tercero de carrera/licenciatura de 5 años) cuando decidí bajar dos marchas (digo 2 porque estudiaba periodismo) y replantearme la vida.

Aun así seguí aprobando con cierta holgura, aunque he de confesar que mi 4/4 en revisiones de exámenes satisfactorias y el 5,1 de una tal Amparo de pelo naranja, tenían su aquel. Casi más que mis dos únicas matrículas; en economía y política económica y que siempre deberé a Toni, mi profesor de economía de bachiller. Un Chuck Norris de la enseñanza que nos daba contenidos de 3º de ADE.

Recapitulando. Recuerdo a una chica de mi clase obsesionada con el estudio. No, no la de los primeros años de la que encima hasta te pillas (a esa le perdí la pista, qué decepción de tía). Me refiero a una chica de 5º. Si no sacó todo matrículas, poco le faltó. Pues bien, el otro día miré su Linkedin. ¿Ejerce de súper periodista? Pues claro que no. ¿En el McDonald’s? Tampoco, tío perverso. Lo único cierto que sé es que trabaja para una marca de cerveza. Del puesto no hablo porque son de esos escritos en inglés que vaya usted a saber qué ocultan. Aunque oye, tienen su rollo. Yo a mi becaria, Fanny, le he puesto Audiovisual Assistant. ¿Mola, eh?

Volviendo a mis 20 años. No sé muy bien cuál fue el día en que acabé por darme cuenta de que la universidad y el sistema educativo en general me llevaban o a Alemania, o a pegarme un buen tortazo de realidad el día después de la graduación para después marcharme a Alemania. Eso sí, lo que recuerdo bien fue la decisión de potenciar en mí el lado creativo que la carrera anestesiaba, ese aspecto capaz de crear valores añadidos a mi persona, para posteriormente saberles sacar rédito. Algo que a día de hoy se llama espíritu emprendedor y que no es otra cosa que potenciar lo que haces bien, perfeccionarlo, diferenciarte, vivir de ello y de paso que otros también lo hagan.

Igual que no recuerdo el día, tampoco recuerdo la procedencia del click que cambió mi rumbo. Dudo que viniera de familia. Mi padre, mecánico. Mamá, profe de inglés. Origen humilde, sin lujos y de los que piensan que los empresarios son unos cabrones, pese a que su hijo sea hoy uno de ellos. (No se lo acaban de creer del todo). Pero bueno, lo cierto es que pese al empeño del Estado en tenernos más de 20 años estudiando para luego trabajar de lo que haya (si es que hay), de vez en cuando alguna oveja se descarría. Yo fui una de esas.

Es entonces cuando afrontas el dilema. ¿Vuelvo al camino marcado o tiro por mi cuenta?. Todos decidimos “tirar” aunque pocos aguantamos sin darnos la vuelta antes de un año. Yo llevo casi 4. Si no me crees te lo pueden decir mi pelo, mis ojeras, mi ‘face’ y mis inexistentes ahorros. Esos que me he tenido que pulir para tener el derecho a arriesgar y superar el examen continuo al que te someten los que marcan el camino del rebaño de ovejas (ver ‘De burros, zanahorias y emprendedores‘).

Pese a ser mucho más jodidos que los del sistema educativo (los exámenes, digo), lo bueno de estos es que no te ponen nota. Van en serio. Pasas o te quedas, aunque a mí, tras 4 años sin ver a un número valorar mi esfuerzo e ingenio, me ha llegado la nota que decidió ponerme el Ministerio de Cultura hace unos 10 días: un 2’3.

Esa fue la decisión que un puñado de funcionarios tomaron sin conocerme, y lo que es peor, sin conocer realmente el proyecto por el que me presenté a las ayudas (subvenciones) que anualmente destinan a la promoción de la música, lírica y danza en España. No les ha importado que el proyecto sea pionero en este país. No les ha importado que tengamos 4 ciudades como sede. No les ha importado que queramos dar una oportunidad a 64 bandas y solistas desconocidos de este país. No les han importado las más de 100 horas de música en streaming que lanzaremos a la nube. Y ni mucho menos les ha llegado a importar que todo esto seamos capaces de hacerlo en una micropyme.

Que les importa bien poco la cultura lo sabía hace tiempo. No hay más que mirar a su ex-máximo responsable, Wert, para darse cuenta de ello. Teniendo en cuenta que el de ahora (ministro) no mejora, y que nos quedan otros 4 años de tendencia continuista, lo mejor sería dedicarse a otra cosa. No caerá esa breva. No les daremos el gusto. Al fin y al cabo, hace 7 años aprendí que un número no marca tu camino. Mucho menos tu estado de ánimo, aunque por momentos te lo parezca.

Hoy comienza nuestra reválida. Hoy volvemos a elegir tirar por el camino difícil. Hoy, queda un día menos para demostrar que el 2,3 fue tan solo eso: un 2,3.

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